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El Páramo: Guerras claustrofóbicas.
(Agosto 2011)

La guerra ha sido permanente durante la historia de la humanidad, y siempre será una buena fuente de narraciones sobre las aventuras y la naturaleza de los hombres cuando se asesinan unos a otros. Por eso las películas de guerra siempre han estado presentes en el cine, desde su invención hace más de 110 años. En una película de guerra, en el nivel más básico, siempre hay por lo menos un campo de batalla (el sitio o país donde sucede la guerra de turno), un grupo de soldados protagonistas (que van muriendo uno por uno hasta que quedan unos pocos), y el enemigo o enemigos al cual se enfrentan.

En “El Páramo,” la primera película del director Jaime Osorio Márquez (quien también la escribió), estos tres elementos están claramente presentes: la guerra sucede en un páramo perdido en las montañas de Colombia; hay una escuadra de soldados tratando de sobrevivir; y el enemigo se encuentra escondido entre la niebla que rodea la torre de telecomunicaciones que los soldados han llegado a asegurar. Es en este contexto de frío gris, falta de visibilidad, aislamiento de la civilización y encierro psicológico que los soldados comenzarán a sentir el peso de la guerra sobre sus hombros. La unidad militar originalmente asignada a cuidar la torre ha desaparecido y en las instalaciones hay figuras pintadas con sangre sobre las paredes, símbolos de brujería colgados del techo, rastros de un miedo poderoso que se ha tomado el lugar. El enemigo comienza a emerger de donde menos se espera, la crueldad de la guerra se apodera de las mentes y de las acciones de los soldados, sus pecados del pasado los atormentan, y la violencia se desata inminente.

Quizás uno de los elementos más ricos de El Páramo es que logra comentar y reflejar el proceso de barbarie que ha vivido Colombia durante sus décadas y décadas eternas de guerra, o de conflicto armado interno como también se le llama al estado de las cosas que se vive en el país. El salvajismo, la traición, la injusticia, la irracionalidad y la violencia pesan sobre el alma de los soldados que protagonizan la historia, como también pesan sobre el inconciente colectivo de los colombianos. Hermanos, vecinos, ciudadanos que se hieren los unos a los otros en nombre de un enemigo que no se puede ver ni entender, pero que existe y que ha conquistado un espacio en el alma de Colombia, haciéndonos inmunes al dolor de los otros, pasivos y ciegos ante la infamia a menos que sea contra nosotros. Un espacio social que padezca esta patología no puede tener otro destino que la tragedia, ese mismo destino al que se enfrentan los soldados de El Páramo.

La película contiene una mezcla de géneros y estilos que entrega un resultado poco común. Se mezclan el cine de guerra y el cine de horror con un estilo minimalista, atmosférico, lento y claustrofóbico. Aunque novedosa, esta mezcla narrativa y estilística no llega a profundizar en los conflictos internos de los personajes generando un vacío dramático que se siente inevitablemente con el pasar de los minutos. A pesar de esta decisión, El Páramo logra acercarse, como ninguna otra película que se haya producido en Colombia, al punto de vista de los combatientes que deben experimentar la guerra día tras día, y enloquecerse poco a poco debido a ella. En este sentido la película constituye un cine (un género) fresco dentro de la ola de producción cinematográfica que ha disfrutado Colombia durante la última década.

Serán los espectadores los que decidan si el resultado final funciona como producto audiovisual. Si ven en El Páramo una meditación opaca sobre la guerra nacional o si logran sentir una película de suspenso y acción que conmueve y entretiene. Como siempre, el veredicto estará en los ojos de la audiencia.
 

Karen llora en un bus: mujer colombiana con filo de cine.
(Junio 2011)

En quince años de cine colombiano (de 1996 a 2010) se han estrenado unas 100 películas nacionales, 100 historias que exploran diferentes realidades y espacios del país. Sin embargo, sólo 13 películas han tenido como protagonista a una Mujer. Entre ellas están “Ilona llega con la lluvia” (1996), “La vendedora de rosas” (1998), “María llena de gracia” (2004), “Rosario Tijeras” (2005), “Te amo Ana Elisa” (2008), “La Sangre y la lluvia” (2009) y “Rabia” (2010). Actrices como Margarita Rosa de Francisco, Lady Tabares, Catalina Sandino, Flora Martínez y Martina García han podido explorar personajes de mujeres mucho más complejas e indescifrables, que los maniquíes que usualmente se ven en Televisión. De cualquier modo, el protagonismo de la mujer en el cine colombiano es escaso, por lo que siempre son bienvenidas las historias para cine en las que el liderazgo narrativo lo lleva una mujer.

“Karen llora en un bus” es una historia sobre la transformación progresiva de la protagonista, sobre el camino que recorre Karen, desde la pasividad y el miedo hasta la independencia y la luminosidad. Karen representa a la mujer colombiana de la ciudad, a la mujer real con una vida real y problemas reales. En este sentido, la propuesta, la premisa de la película, es completamente rica y novedosa en su exploración de algunas de las dimensiones de lo femenino en Colombia: la relación entre la mujer y el machismo que domina el país, la búsqueda de independencia económica, su sexualidad, su relación con la ciudad, con lo urbano. Estos elementos emergen de la historia gracias a la poderosa actuación de Ángela Carrizosa, y a la evidente pasión que Gabriel Rojas, escritor y director, le puso a su película para llevarla con esfuerzo a las pantallas de cine.

Pero una premisa profunda, una actriz excelente, y un director apasionado no son suficientes para parir una película realmente conmovedora e impactante. Es necesario tener un guión perfectamente afilado y lograr que todas y cada una de las escenas sean visualmente atractivas y transmitan potencia dramática a través de las acciones de los actores.

A medida que avanza, la película se va debilitando debido a inconsistencias narrativas y dramáticas. Karen como personaje divide su vida entre su supervivencia económica y su bienestar afectivo (su relación con los hombres), pero ni el conflicto afectivo ni el conflicto económico alcanzan la intensificación necesaria para que el proceso de transformación que Karen sufre, y que también goza, emerja de la pantalla y conmueva al espectador. De otro lado, la diferencia evidente entre la actuación de la actriz principal y la actuación de los actores secundarios hace que las escenas que Karen comparte con otros personajes sean disonantes al compararlas con aquellas en las que ella sola explora la ciudad buscando su propio sitio en el mundo, o con aquellas en las que el rostro de Karen expresa, sin hablar, las angustias de la vida o las pequeñas alegrías del día a día.

Muchos factores influyen en la producción de un proyecto cinematográfico. En este caso se puede hablar de las dificultades y retos que debe vencer el director que realiza su primer largometraje, el tener que enfrentarse a las restricciones de tiempo y recursos que condicionan el trabajo de escritura de guión y la ejecución misma del proyecto, el soportar la presión permanente que impone el deseo de hacer una buena película. Pero estos son elementos que al público no le interesan. Al final es la película, terminada y desnuda, no las circunstancias de su producción, la que se somete a la inspección de los ojos y de los sentimientos de la audiencia.

Con “Karen llora en un bus” queda la sensación de una película que no se acabó de construir, una película a la que le faltó más para lograr expresar con contundencia esas ideas apasionadas sobre la mujer colombiana, sobre la mujer real que camina por las calles de la ciudad, que le dieron origen a su existencia como obra audiovisual.

Los Colores de la Montaña: Niños, guerra y cine.
(Abril 2011).

Se le atribuye al novelista ruso León Tolstoy una frase que captura uno de los elementos esenciales del proceso de creación de una obra de arte: “Describe tu pequeño pueblo y serás universal.” Uno de los objetivos, concientes o inconcientes, de los artistas es que sus obras puedan tocar emocionalmente a los seres humanos sin que importen sus lenguajes, sus lugares de origen, o los colores de sus pieles. La universalidad de una obra de arte constituye la prueba de su poder estético y emocional, la prueba del compromiso interno del artista que la ha producido. Músicos, escritores, y pintores luchan para crear piezas que cuenten con dicho poder. Y los cineastas no son la excepción.

Es posible que Carlos Cesar Arbeláez, director y escritor de “Los Colores de la Montaña”, haya creado exactamente eso: una película universal que muestra la historia específica de un grupo de niños campesinos en una vereda antioqueña, y a través de ellos, a través de la candidez de sus ojos, la tragedia de la guerra eterna de Colombia.

Manuel, Julián y “Poca Luz” (apodo para un niño albino de lentes gruesos) son los tres amigos protagonistas. Su única prioridad en la vida es ser niños y jugar futbol en el potrero. Viven en una montaña de color verde con casas campesinas esparcidas sobre las mesetas, conectadas por caminos amarillos que suben y que bajan, mientras las vacas pastan y las gallinas picotean granos de maíz. Y alrededor de ellos sucede el mundo. Sus padres, los adultos, cuidan sus fincas y su ganado, van al pueblo cercano a comprar víveres y vender marranos, viajan en buses de escalera o en camperos envejecidos por la carretera. Pero por la carretera marchan también máquinas de guerra llenas de armas y soldados, camiones ruidosos que amenazan con las miradas de los hombres que llevan dentro, unas veces la mirada guerrillera rojo-sangre, otras veces la mirada paramilitar oscura y ciega. Por los cielos sobrevuelan truenos giratorios que ensordecen las noches, pájaros fantasmas que interrumpen los sueños en vez de cuidarlos.

Y es este el mundo más o menos estable que viven y disfrutan Manuel, Julián, “Poca Luz” y sus amigos de la escuela. Es el mundo en el que ríen y juegan con su inocencia de niños. Hasta que los adultos y los amigos comienzan a desaparecer o a despedirse porque se tienen que ir del pueblo por razones misteriosas. Hasta que un penalty hace volar el balón de Manuel más allá del arco de la cancha… dejándolo perdido, casi irrecuperable, en un potrero lleno de minas quiebra-patas.

Después de una década de nuevo cine colombiano, en la que muchos cineastas han contado historias que revelan diferentes aspectos de la tragedia social colombiana (la guerra, la pobreza, el narcotráfico), se alcanza un nuevo clímax narrativo y audiovisual con “Los Colores de la montaña”, precisamente la obra que no aborda el tema directamente, porque la tragedia colombiana no está en la mente de los niños. En sus mentes están sus amigos, el futbol, los colores. Y el dolor para el espectador es saber que cuando esos niños y niñas sean adultos, desplazados hacia los peligrosos laberintos de las grandes ciudades y sus cinturones de miseria, las marcas de la guerra seguirán atormentando sus recuerdos y sus almas.

Con una selección perfecta de niños-actores, una fotografía que enfatiza la belleza de las montañas de Colombia (no su dolor), y un guión afinado y balanceado entre los inocentes puntos de vista de los niños y las penosas angustias de los adultos, Carlos Cesar Arbeláez, después de siete años de trabajo, ha conseguido crear una obra audiovisual que enviste las emociones del espectador sin recurrir a la crudeza de la sangre ni a las palabras vulgares, pero dejando claro que el miedo y la impotencia se han adueñado de más de medio país y de la mayoría de sus ciudadanos.

Mi madre regresa a casa con lágrimas en los ojos después de ver “Los colores de la montaña”. “Cómo puede ser que una película tan bella rompa el alma?” me pregunta. “Esa fue mi propia historia en 1950, la de tu papá en los años 30. Y todavía sigue pasando en Colombia, ahora que el siglo ya cambió. No te pierdas esa película!” concluye. Y todo me lo dice con una intensa mezcla de inocencia, nostalgia y melancolía. Esas emociones que sólo el arte puede provocar.

Carlos Peralta

Todos tus Muertos: Nuevas visiones del conflicto colombiano
(Febrero 2011).

Las tragedias que suceden en la realidad, en cualquier parte del mundo, siempre han sido fuentes de inspiración para la creación de obras de arte de todo tipo. Música, literatura, pinturas y obras audiovisuales han nacido con el objetivo de expresar y denunciar el dolor que los seres humanos se causan a sí mismos. Y así como los estilos y las técnicas del arte han evolucionado con el tiempo, así mismo las tragedias expresadas por el arte han cambiado de forma y de tono con el paso de los siglos.

Por esta misma razón, el conflicto social del país es uno de los grandes temas explorados por el cine colombiano. Las puntas afiladas del doloroso triángulo de pobreza, guerra, y narcotráfico, han tenido una presencia central en más de 30 películas realizadas en Colombia desde el año 2000 (de las más de 100 producidas desde entonces). Sin embargo, estos temas se han presentado casi siempre dentro del género de realismo social, que trata de re-presentar los problemas de una sociedad tal y como suceden (o sucedieron) en la realidad. Dentro de esta tradición se pueden recordar “Cóndores no entierran todos los días” (1984), “Rodrigo D – No futuro” (1989), “La vendedora de Rosas” (1998), “La primera noche” (2004), “Sumas y Restas” (2005), “La Milagrosa” (2008), “La pasión de Gabriel” (2009) y “La sociedad del semáforo” (2010).

"Todos tus muertos” (2011), la segunda película del equipo conformado por el director Carlos Moreno y el productor Diego Fernando Ramírez, constituye una nueva forma estética y mental de observar y mostrar la tragedia nacional a través del cine. La película se sale de los límites del realismo social, y explora los dolores de Colombia mediante la alegoría, la sátira, y el realismo mágico (esa idea latinoamericana que mezcla lo completamente absurdo con lo completamente real).

Un campesino se levanta por la mañana a trabajar su campo de maíz. Mientras siega la maleza se da cuenta que un camión ha atravesado y aplastado una zona del maizal. Siguiendo las huellas del camión se encuentra con una pila de cincuenta muertos, amontonados y abandonados en la mitad del campo de maíz. Es domingo, día de elecciones. El alcalde y la policía no quieren enredos. Los muertos son desconocidos. El periodista es incompetente. El mafioso local está encima de todos. Y es el campesino quien sufre las consecuencias de toda esta desidia acumulada en las almas de sus paisanos.

Con toques de humor, en medio de una situación absurda pero que recuerda más de una masacre real y dolorosa (siempre comentadas brevemente en noticieros de televisión ya olvidados), la película critica a los políticos, a la fuerza pública, a los medios, y hasta a los ciudadanos del común. Son la apatía y el miedo, la falta de una actitud valiente y digna ante la crueldad de la violencia, los defectos que nos permiten a los colombianos vivir nuestras vidas con los muertos al frente de nuestros ojos sin tener que llorar por ellos.

Aceptada en las competencias oficiales del Festival de Cine de Sundance 2011 en Estados Unidos y del Festival de Rotterdam 2011 en Holanda, “Todos tus muertos” tiene un futuro prometedor en el circuito de festivales y de salas de cine especializadas en todo el mundo. Esta película es una gota más de cultura colombiana viajando por el mundo, comprometida y estéticamente bien lograda, mostrando que Colombia se está pensando a sí misma, pensando en el dolor de todos sus muertos, pensando en un futuro mejor.

Impunidad: Festival Internacional de Documentales - Ámsterdam 2010
(Diciembre 2010).

Cada año, durante los últimos 10 días de noviembre, en la ciudad holandesa de Ámsterdam, tiene lugar el Festival Internacional de Documentales de Ámsterdam (IDFA, por sus siglas en inglés), posiblemente el evento de exhibición y comercialización de documentales más importante del mundo. Durante estos 10 días se presentan más de 200 películas provenientes de todo el mundo que narran la realidad y la historia de personajes, eventos, tragedias y lugares de todo el planeta.

El periodista colombiano Hollman Morris y el realizador Juan José Lozano (director colombiano basado en Suiza) han co-dirigido y producido “Impunidad”, documental que tuvo su premier mundial en el IDFA 2010 el pasado 21 de noviembre. Desde 2005 Morris y Lozano han trabajado en esta producción, una obra cinematográfica impecable, con una estructura narrativa comparable a la de las mejores películas de misterio. “Impunidad” cuenta, con imágenes sacadas de la realidad (no creadas por la ficción), la historia terrible de las víctimas de los grupos paramilitares en Colombia; presenta el complejo proceso jurídico que ha implementado el gobierno colombiano para tratar de desmantelar estas salvajes bandas ilegales; y plantea la posibilidad aterradora de que “la verdad” nunca se conozca y los crímenes de lesa humanidad cometidos queden impunes.

El reto de realizar un documental que funcione al mismo tiempo como trabajo de investigación periodístico y como obra de arte audiovisual es inmenso. 600 horas de material producidas en 5 años tuvieron que ser reducidas a 100 minutos de duración. Y los 100 minutos de duración del corte final de la película son una orquestación perfecta de imágenes, sonidos y palabras que logran un resultado estético y emocional de total impacto: la mezcla de entrevistas a personalidades como el ex-vicepresidente Francisco Santos y la analista política Claudia López; los testimonios de los criminales transmitidos desde Bogotá mediante circuitos cerrados de video a diferentes auditorios en municipios de todo el país; las preguntas y las reacciones de los familiares de las víctimas ante las respuestas de los asesinos distorsionadas por el sonido del sistema de transmisión; la pausada pero certera aparición de una estructura narrativa que desenmascara la pirámide de la guerra, desde la extensa base de las víctimas que sufren la humillación de una muerte indigna y los ciegos asesinos que cumplen órdenes sin humanidad hasta la específica y estrecha cúspide de los rangos altos de la ilegalidad y los magnos salones del Congreso de la República; el lento fluido de imágenes verdes y urbanas que marcan en los ojos de la audiencia la belleza trágica de las montañas y las selvas colombianas, la infinita extensión de las haciendas bananeras más allá del Urabá, la caótica e imparable geometría de los edificios de ladrillo en Bogotá. Dolor y belleza se fusionan en este documental y delatan con humildad la pasión y el compromiso de los autores que han logrado crear y completar este trabajo audiovisual.

Es positivo poder presentar una mirada profunda, analítica y conmovedora sobre la realidad del país en un escenario como el IDFA 2010, poder exponer ante audiencias internacionales la complejidad del conflicto colombiano de una manera seria y bella, al contrario de las superficiales e instantáneas noticias sobre Colombia que comunican los noticieros de televisión y la mayoría de los medios escritos en todo el mundo, marcando al país en el exterior, de la manera más simple, como una nación en guerra que colapsa bajo el peso del narcotráfico y la pobreza. Obras como “Impunidad” no tratan de negar los problemas de Colombia sino de explicarlos en su complejidad para poder resolverlos, y es muy importante que dicha complejidad también sea entendida y “vista” por la comunidad internacional.

Pero la ironía es que un documental como “Impunidad” es ante todo una obra que debe ser vista en Colombia, porque es la representación de ese laberinto trágico que nos es imposible ver en nuestro día a día, ese laberinto que percibimos y escuchamos en cada mala nueva, pero que no podemos entender. Obras audiovisuales como ésta no tienen otro objetivo que ayudarnos, a los colombianos, a ver el país en que vivimos, y al “verlo” poder comprender y quizás emprender acciones que ayuden a crear un futuro en el que Colombia ya no sea vista como ese país del sur que sufre una guerra eterna sino como una nación que no se detiene ante nada y que emerge como un lugar bello y lleno de energía, como un actor positivo en el paisaje internacional.
 
Los Gangsters en el cine Colombiano
(Octubre 2010).

El género “Gangster”, las historias sobre los criminales violentos que viven en cualquier sociedad, ha sido una constante en el cine desde los comienzos mismos del arte de las imágenes en movimiento. Durante los años treinta del siglo veinte la industria cinematográfica de Estados Unidos desarrolló este género en toda su magnitud, gracias a la tragedia social causada por la prohibición del alcohol, que permitió que criminales como Al Capone, y estrellas de cine como James Cagney, ocuparan el imaginario colectivo no sólo en su propio país sino en el mundo. En todos los países que cuentan con una mínima sofisticación audiovisual se ha utilizado el cine para analizar y contar las historias de sus criminales.

Colombia, durante su historia más reciente, ha visto ascender y colapsar a varias generaciones de criminales “urbanos” – para no hablar de los criminales políticos, más duros de roer – que, como Al Capone, y por más o menos las mismas razones (la guerra contra las drogas), han alcanzado fama mundial. Esta gran cantidad de vidas trágicas hace de Colombia un espacio rico en historias del género “Gangster”, y el cine y la televisión, años después de la muerte de Pablo Escobar, han comenzado a indagar las tragedias y a contar las historias, con mayor o menor complejidad, de manera más profunda o más superficial, dependiendo del medio en que sean re-presentadas.

Tan solo en los últimos cinco años se han estrenado en salas de cine varias películas nacionales que exploran tanto el género Gangster como la realidad de Colombia, y en la televisión se han presentado series y telenovelas en tono “light” que cuentan, entre otras cosas, los amores y los desamores de los capos colombianos. A las audiencias les gusta saber cómo son las vidas de sus criminales, y eso lo demuestran los ratings de la televisión y las taquillas de los teatros.

En cine se han presentado las películas “Rosario Tijeras” (2005), “Sumas y restas” (2004), “Apocalipsur” (2007), “La Sangre y la lluvia” (2009), y “Sin tetas no hay paraíso” (2010). En 2010 se prepara el estreno de “En coma” y se encuentra en rodaje la versión cinematográfica de “El Cartel”. Claramente el espacio y los personajes del narcotráfico son interesantes tanto para los productores de cine como para las audiencias. En algunas ocasiones es una pasión legítima por entender y contar la tragedia social del país la que origina el proyecto cinematográfico (como en el caso de “Sumas y Restas”, la obra maestra del cine nacional de los últimos quince años); en otras lo que guía el proyecto es la oportunidad comercial de explotar un producto audiovisual ya exitoso (es el caso de “Sin tetas no hay paraíso” o de “El Cartel” que copian el modelo hollywoodense de llevar a la pantalla grande una versión “comprimida” de la pantalla chica).

El público se queja permanentemente sobre los temas en los que se enmarcan las películas colombianas. A las audiencias les parece repetitivo y anti-nacional que permanentemente lleguen a la gran pantalla historias sobre pobreza, para-guerrilla, y narcotráfico, pero millones de personas se sientan noche a noche frente al televisor a entretenerse con las aventuras de capos y gangsters interpretados por actores populares como Manolo Cardona o Marlon Moreno. La contradicción es patente, y la paradoja indescifrable. Pero el interés de los cineastas por estas historias nunca se detendrá… porque son tragedias demasiado “buenas” como para no contarlas.

El Criminal es un personaje siempre presente, en todas las sociedades, y en todos los tiempos. El arte, y el cine, utilizan ese material del mundo real para crear sus obras, contar sus historias, y de paso darle al “Criminal” un pedestal en el tiempo, así como también le da el arte un pedestal en el tiempo al “Héroe”. La humanidad ha atravesado las extensiones del tiempo y de la historia a pesar de, o quizás gracias a, la permanente lucha entre héroes y criminales, entre buenos y malos, entre el Bien y el Mal… los dos bandos que han controlado siempre el alma de los hombres… los dos poderes ante los cuales las audiencias audiovisuales del presente se rinden sin pudor.
 
La sociedad del semáforo: un retorno al cine popular colombiano
(Agosto 2010).

El cine colombiano más exitoso en la taquilla nacional ha sido usualmente aquel que mezcla la comedia con las crueles realidades del país en un contexto popular. Hay excepciones que han funcionado y que cuentan historias cómicas en un contexto de clases altas, por ejemplo, “Bluff” (infidelidades entre parejas mezclado con el género de detectives) o “Esto huele mal” (infidelidades entre parejas mezclado con la bomba del Club el Nogal).

Sin embargo, se han producido más películas ubicadas en el espacio popular y mayoritario de las llamadas clases media-media, media-baja y baja. Y estas películas “populares” han sido a su vez muy exitosas en la taquilla nacional. Desde las películas del Gordo Benjumea de finales de los años 70, “El taxista millonario” (1979) y “El inmigrante latino” (1980), pasando por la magistral farsa de provincia de “El embajador de la India” (1987), y el gran clásico sobre la lucha por la casa propia, La Estrategia del Caracol (1993), hasta llegar a la pasión por el futbol con “Pena máxima” (2001), y a la embriaguez por el dinero de las Farc en “Soñar no cuesta nada” (2006).

Todas las historias de estas obras audiovisuales abordan, con tono de comedia, el gran tema del esfuerzo de las clases menos favorecidas por acceder a mejores niveles de vida dentro de la estructura social colombiana, una estructura sólida e impenetrable, que en general impide la movilidad social ascendente, y que por ello constituye un antagonista formidable que permite crear dramas cinematográficos muy atractivos, que los espectadores aprecian y corren a ver a las salas de cine para reír un poco… quizás porque en sus vidas diarias también padecen el poder de dicho contrincante invisible y omnisciente.

“La sociedad del semáforo”, o LSD.S como la apodan sus productores señalando el tono psicodélico de la película, es la ópera prima del director de comerciales Rubén Mendoza, una nueva película que aborda la lucha por la prosperidad en un entorno social hostil pero incluyendo las dosis de humor naturales a la vida colombiana, porque ante el dolor los colombianos sabemos que reír es mejor.

LSD.S explora el mundo de las personas que “urbanean”, los trabajadores informales que venden flores, dulces, libros, cartillas, cigarrillos, limpiones, limosnas y malabares en los semáforos en rojo de las ciudades colombianas, en Bogotá como en ningún otro sitio, buscando la posibilidad de sobrevivir una noche más. Raúl Tréllez es uno de estos individuos en constante lucha, hasta que un día se imagina la posibilidad de intervenir el sistema eléctrico de los semáforos para controlar la duración del “rojo” y así permitir mayores ventas y actos circenses más descabellados por parte del grupo de vendedores, malabaristas y habitantes de la calle con los que se ha asociado para llevar a cabo su operación.

Durante su etapa de financiación LSD.S fue invitada al Festival de Cannes de Mayo de 2008 para sostener reuniones con productores de cine internacionales y completar los acuerdos y el presupuesto necesarios para la producción del proyecto. Antes de comenzar cada reunión los productores colombianos presentaron un video de 5 minutos grabado en los semáforos y calles de Bogotá en el que distintos tipos de “urbaniadores” piden plata para hacer la película. La primera frase del video es de un indigente que toca una guitarra hechiza y desafinada, en una esquina, contra una pared desvencijada y llena de carteles rotos pero vivos de color. El hombre dice: “Oiga hijueputas franceses, necesitamos plata para la película… o es que cree que aquí no hay buenos cantantes?” Los productores consiguieron el dinero, y ahora “La sociedad del semáforo” llega a los cines de Colombia este 24 de septiembre de 2010, con su mezcla frenética de humor y tragedia, y con una visión fotográfica intensa, candente y colorida, alquimia efectiva para atraer a la audiencia, que siempre reconoce el valor que demuestran los débiles cuando se atreven a enfrentar al poder.

“La sociedad del semáforo” aspira entonces a cautivar de nuevo las huidizas miradas de la audiencia colombiana, que va a cine a ver las vidas de Hollywood, pero que últimamente poco se interesa por ver las historias gestadas en su propio país.
 
1989: Ejemplo colombiano de cine globalizado
(Junio 2010).

Durante el prestigioso Festival de Cine de Cannes de año 2009, en su sección de la “Semana de la Crítica”, se presentó la película “1989”, producción colombiana de 40 minutos de duración dirigida por Camilo Matiz, uno de los directores de comerciales de televisión más establecidos en el medio. Es la primera vez que dicha sección de Cannes acepta y presenta un “mediometraje” como parte de su muestra, señalando la calidad, la belleza y el talento con que se ha realizado este producto audiovisual colombiano.

1989 es una especie de poema visual que cuenta una historia que deja preguntas pero no vacíos. Durante una noche de aguacero en el centro de Bogotá dos hombres esperan a alguien en una cafetería. Uno de ellos habla, el otro escucha. Uno es blanco de ojos azules, el otro negro y calvo. La mesera es antipática. Hay otro cliente que se dedica a sus asuntos. El hombre de los ojos azules habla y habla sobre cosas de hombres, revela no creer en nada sobrenatural, pide un café que sí venga caliente, cuenta la historia de un hippie devenido capitalista. Hasta que la violencia llega… como un fantasma familiar, sorpresiva, arrolladora, definitiva y bella. Es 1989, el año en que mataron a Galán. Afuera de la cafetería, sobre las paredes de la calle lluviosa de colores amarillos y rojizos se ven todavía afiches electorales con el rostro del candidato asesinado.

Camilo Matiz ha contado que el origen de su película se dio hace poco tiempo, en el autódromo de Tocancipá en Cundinamarca, cuando conoció por casualidad a Byron de Jesús Velásquez Arenas, el sicario (ya en libertad) que conducía la motocicleta desde la que se disparó contra Rodrigo Lara Bonilla en 1984 (Matiz y Velásquez comparten el mismo gusto por las motos). Este encuentro fortuito generó un proceso creativo que culminó en el Festival de Cannes, con una propuesta audiovisual cargada de significantes colombianos de la que las audiencias del mundo leerán cosas muy distintas y abiertas, dado que poco o nada sabrán acerca de Galán, de Byron o de la violencia Colombiana de toda la vida.

Y este último punto se da precisamente porque 1989 es también un ejemplo del cine de la globalización. Filmada en Bogotá, hablada en inglés, protagonizada por Vincent Gallo (actor estadounidense reconocido en el circuito internacional de cine independiente) y con canciones completas de la aclamada agrupación inglesa “Antony and The Johnsons” en su banda sonora, la película, más que un ejemplo de cine nacional, es una carta de presentación industrial para su director y los talentos involucrados. Tanto el actor, la música y el idioma, le dan entrada – a la película y a su director – al mercado anglosajón, y estos mismos elementos, la música, el idioma y el actor, multiplican el número de lecturas posibles que puede generar el contenido cinematográfico en la audiencia: puede ser un drama sobre la Colombia de 1989 filmado en Bogotá, o puede ser una bella película de misterio con una estrella internacional, o puede ser muchas cosas más. En todos los casos la alta calidad estética de la película va a enriquecer la experiencia de la audiencia. E independientemente de la virtuosidad estética, 1989 es un ejemplo de virtuosidad industrial acorde con el nuevo siglo.

Durante el Festival de Cine de Cannes 2009 se introdujo oficialmente un nuevo talento colombiano. El futuro cinematográfico de Camilo Matiz es muy prometedor. Ojalá que las audiencias colombianas puedan ver su película 1989 en un canal de televisión nacional. Y puedan dar cuenta de la gran diferencia que hay entre el cine y la televisión.

El cine de García Márquez y su laberinto: Del amor y otros demonios 
(Abril 2010).

Se dice en el mundo del cine, en referencia a las adaptaciones de obras literarias a la gran pantalla, que de los buenos libros rara vez se logran buenas películas. Esta regla hace que adaptar a García Márquez al cine sea un desafío aún mayor. Dado el reconocimiento de sus obras literarias es imposible evitar el atractivo que producen como fuentes narrativas con potencial de ser transformadas en películas cine. Pero de otro lado, dada la grandeza de sus libros, el reto cinematográfico de transformarlos en imágenes será siempre de igual magnitud.

Especialmente desde que Gabo recibió el premio Nobel en 1982, muchas de sus obras han sido llevadas al cine por productores de México, Brasil, Estados Unidos, Italia y por supuesto Colombia. “Tiempo de morir” (1985), “Crónica de una muerte anunciada” (1987), “El coronel no tiene quien la escriba” (1999), “La mala hora” (2004), y “El amor en los tiempos del cólera” (2007) son algunas de ellas. Todas han recibido cierto nivel de atención internacional, pero no se puede decir que hayan sido éxitos generalizados de taquilla (como sí lo han sido sus libros) o que el consenso de la crítica cinematográfica haya sido positivo (lo que sus libros sí han logrado con la crítica literaria). En el caso de “El amor en los tiempos del cólera”, producción originada en Estados Unidos y de escala Hollywoodense, es decir, con un costo superior a 40 Millones de dólares, la opinión del público y de la crítica la declaró una película mediocre, y el resultado comercial fue aún menos benigno.

La adaptación de una obra literaria al cine requiere la compresión de las 200, 300, o 500 páginas que puede tener el libro original en las 100 páginas que usualmente tiene un guión cinematográfico. Por supuesto, el proceso de creación de imagen y sonido del cine enriquecerá esas 100 páginas de historia una vez se haga realidad la película, pero en la primera etapa del proyecto cinematográfico, el guión de 100 páginas debe ser capaz sintetizar la historia y las ideas principales expresadas por el libro, esa historia y esas ideas que apasionaron al productor de cine hasta el punto de querer hacer del libro una película.

Aunque el proceso de adaptación y escritura de un guión cinematográfico es largo y complejo, en el caso de la obra de García Márquez el punto inicial de “compresión del contenido” plantea una pregunta crucial: si la experiencia de “leer y sentir” el lenguaje, el lenguaje que usa García Márquez, es tanto o más importante que sus historias de amor y venganza, es el cine un medio apropiado para tratar de transmitir la experiencia estética que producen sus libros? Ese es el reto, ni más ni menos, al que se enfrentan los cineastas que tratan de llevar al cine los textos del Nobel.

Esta pregunta plantea una tensión en la que la forma puede ser más sofisticada que el contenido, permitiendo a su vez expresar las ideas de dicho contenido de forma más poderosa. Sin embargo, el cine muchas veces se enfoca en narrar la historia, el contenido, sin darle una forma sofisticada, limitándose a contar el cuento con imágenes simples. Otras veces se busca sofisticación tanto en el contenido que se cuenta como en la forma que se usa para narrarlo.

Actualmente se encuentra en salas de cine colombianas la película Colombo-Costarricense “Del Amor y otros demonios” (2009), basada en la novela de García Márquez del mismo título publicada en 1994. Esta película de presupuesto medio latinoamericano (2 Millones de dólares aproximadamente) es un buen ejemplo de la problemática entre forma y contenido.

Por un lado el espectador disfruta una obra cinematográfica de gran belleza formal: detalles visuales de Cartagena de Indias que permiten sentir la ciudad que fuera en otra época (el siglo XVIII); imágenes fotografiadas con solidez e influenciadas por los claroscuros de Caravaggio; espacios interiores claustrofóbicos, y colores vivos para los espacios exteriores abiertos. De otro lado, la audiencia se enfrenta a una película de ritmo lento sobre un amor imposible; a unos actores que no logran revelar la intensidad del sentimiento, de la pasión, que nace entre los dos personajes protagonistas (un jesuita devoto aunque progresivo y una adolescente virginal que la iglesia cree poseída por el Diablo); a una historia evidente que aún así no logra expresar sus ideas centrales de forma contundente y plasmarlas como sensación estética en el espectador que observa desde la oscuridad.

Este desequilibrio, entre el logro formal y la insatisfacción narrativa, ilustra la dificultad del cine, el reto que constituye emprender un proyecto cinematográfico, financiarlo, y arriesgarse a encontrar el balance adecuado entre la forma de contar y lo que se cuenta. Dicho riesgo es aún mayor cuando el marco de comparación es el universo narrativo de Gabriel García Márquez. Cómo transmitir su estética literaria, no a través del lenguaje, sino a través de la imagen y el sonido? Cómo expresar sus historias desde la pantalla hasta conmover las emociones del espectador? Cómo revelar el significado del Amor? No son preguntas fáciles las que intentan responder los productores de cine. Es seguro que nunca van a dejar de intentarlo.

Contracorriente: nuevos temas desde el cine colombiano 
(Febrero 2010).


El pasado 31 de Enero de 2010 la película colombiana “Contracorriente” ganó el Premio de la Audiencia en el prestigioso Festival de Cine de Sundance – evento basado en Estados Unidos y especializado en “cine independiente”. Es la primera vez que una película nacional gana en este festival, uno de los cinco más importantes del mundo (junto a Cannes, Toronto, Berlín, y Pusan en Corea), lo que constituye un avance importantísimo para el sector cinematográfico en Colombia.

Dada la complejidad y los costos inherentes al proceso de producción cinematográfica, y la necesidad de comercializar las películas en diferentes países, “Contracorriente” ha sido realizada como un proyecto de coproducción entre empresas de Colombia, Perú, Francia y Alemania. Dirigida por el peruano Javier Fuentes-León, protagonizada por el colombiano Manolo Cardona y el boliviano Cristian Mercado, y financiada con capital y premios estatales provenientes de los cuatro países mencionados, esta película no es sólo una película Latinoamericana, sino un proyecto multinacional cuya calidad – comprobada en Sundance – le dará un alcance global. Y es de esta forma, con la marca clara de la globalización, como se produce el mejor y más viable cine independiente hoy en día.

Con la impecable dirección de fotografía del colombiano Mauricio Vidal, Contracorriente fue filmada en la costa pacífica del Perú, en la bella y relajada población de Cabo Blanco. La película presenta la historia de Miguel (Cristian Mercado), pescador y ciudadano ejemplar del pueblo, quien sostiene un amorío intenso y secreto con Santiago (Manolo Cardona), un artista de la ciudad que pasa los veranos pintando en su casa de la playa. Y aunque Miguel está casado y a punto de ser padre por primera vez, no quiere que Santiago deje de estar a su lado. Pero cuando Santiago muere accidentalmente en el mar, y su fantasma regresa para pedir la ayuda de Miguel, la vida del pescador cambia para siempre.

El conflicto que la película explora está constituido por la obligación que recae sobre Miguel de elegir. Elegir entre las tradiciones religiosas del pueblo, de las que él es ejemplo, o el placer que le ofrece el mundo secreto que vive con Santiago; elegir entre asumir exclusivamente los roles de esposo y padre, establecidos desde siempre en la pequeña sociedad costera, o ser un amante oculto pero satisfecho; finalmente, elegir entre ser un hombre o ser un homosexual.

Y es esta necesidad imperiosa de elegir entre dimensiones de género y de sexualidad, lo que ubica a Contracorriente, no sólo en un espacio narrativo intensamente dramático, sino en un espacio temático completamente novedoso para el cine colombiano.

La audiencia colombiana, que ha criticado de forma negativa el interés que los cineastas nacionales han tenido por temas como el narcotráfico y la pobreza – esa misma audiencia que ahora ve sin reparos las historias endulzadas del narcotráfico por televisión – se enfrentará, en abril de 2010, con el estreno de Contracorriente en salas de cine, a temas nuevos, pertinentes a la Latinoamérica del nuevo milenio, al mundo nuevo de la globalización: las líneas borrosas de la masculinidad, la transformación del sexo y del afecto, las consecuencias de los amores divididos, la reconfiguración de lo tradicional, el advenimiento de las vidas y los corazones plurales. Nuevos temas todos para que los experimente la audiencia en el oscuro y seguro refugio del cine.
Dago García: Cine eficiente, local y con aire de televisión. 
(Diciembre 2009)


Durante el Festival de Cine de Bogotá del año 2001, en un panel de profesionales del sector, Dago García, entonces escritor y productor de telenovelas de Caracol Televisión, y desde 1997 también productor de cine colombiano, dijo que su sueño, en lo que al cine se refiere, era alcanzar un millón de espectadores con la taquilla de alguna de sus películas.

Desde 1998 se han estrenado en cines 11 películas escritas y producidas por Dago García, lo que nadie más ha conseguido en la historia del cine en Colombia. Excepto las dos primeras, el promedio de taquilla de sus películas ha rondado los cuatrocientos mil espectadores, cifra completamente exitosa para cualquier película (nacional o extranjera) que se estrene en el país.

Sus dos mayores éxitos han sido “La Pena Máxima” (2002), comedia futbolística protagonizada por Robinson Diaz en la que Dago explora la pasión por la selección Colombia (500,000 espectadores); y la comedia disparatada “Muertos del Susto” (2007), protagonizada por Alerta y Don Jediondo, “estrellas” de Sábados Felices, como los dueños fracasados e ilusos de una funeraria en Bogotá (667,000 espectadores). “In Fraganti”, su nueva comedia, a estrenarse el 25 de diciembre de 2009, protagonizada entre otros por Cesar Mora y Natalia París, explora los enredos de varios personajes atrapados en un motel de Bogotá cuado una banda de criminales secuestra el lugar (pesadilla real o imaginaria a la que más de un colombiano le tiene pavor).

Estos tres ejemplos son señales del enfoque que utiliza Dago para sus proyectos cinematográficos: crear comedias conectadas con temas (el fútbol, los moteles, la familia) o personajes (el tonto, el gordo, el hincha) que sean “re-conocidos” por el público colombiano; utilizar actores ya establecidos a través de Caracol (Robinson Diaz, Miguel Varoni, Don Jediondo) o que hayan sido objeto de deseo popular a nivel nacional (Lady Noriega, Natalia París); aprovechar su relación con el Canal Caracol para promover sus películas, que a la vez promueven a los actores del canal, usando todos los recursos publicitarios disponibles (propagandas, presentadoras de noticieros, reportajes informativos) y así llevar al público a las salas de cine. Esto, en pocas palabras, es lo que hace Hollywood, aunque en este caso en una dimensión colombiana, no universal; a escala local, no global; con lenguaje de Televisión, no de cine.

Y esta es la principal crítica que recibe el trabajo de Dago: el anclaje de sus películas en un lenguaje televisivo local, atractivo sólo para audiencias colombianas, a costa del más detallado y complejo lenguaje cinematográfico. Y esto genera una pregunta difícil: qué es lo que diferencia al Cine de la Televisión? Para empezar la gente “paga” por ir al cine, mientras que la Televisión se ve “gratis”, y si la gente paga por algo espera entonces que ese producto sea especial: que sea más original, que aborde temas más complejos, que los muestre de forma más sofisticada; que los actores hagan cosas que no hacen en la tele o, incluso, que sean actores diferentes; que las expresiones de los rostros expresen tanto o más que los extensos diálogos de las telenovelas; que los detalles y las luces de un espacio mostrado en el cine revelen el mundo interior y exterior que viven los personajes sin necesidad de ponerlos a hablar para que digan, y el público sepa, si son buenos o malos.

La crítica a las películas de Dago García señala cómo todas, en su forma y contenido, quedan siempre más al lado de lo televisivo que de lo cinematográfico, y lamenta que el productor esté más comprometido con los facilismos y la rapidez de la Televisión que con el lenguaje más detallado y sutil del Cine (del mejor Cine al menos).

Aunque sus temas de comedia local y su forma televisiva les resten posibilidades en el mercado internacional, no se puede negar que las películas de Dago entretienen a cientos de miles de personas en Colombia. Su compromiso de producción anual, ininterrumpido por más de una década, le ha dado la oportunidad a varios directores, a decenas de actores, y a cientos de técnicos de trabajar en proyectos de “cine”. Más allá de la frontera liminal entre el Cine y la Televisión, el cine de Dago se ha constituido como otra voz y otra alternativa audiovisual durante esta década que ya termina y que ha sido muy positiva para el Cine Colombiano.

Hoy en día, al finalizar 2009, Dago García es vicepresidente de producción del Canal Caracol, y continúa escribiendo, produciendo y estrenando una película colombiana cada 25 de diciembre. Y aunque todavía no ha alcanzado su sueño del millón de espectadores con alguna de sus películas, quizás porque para lograrlo deba agregarle más “cine” a su receta audiovisual, el aporte de sus proyectos al sector cinematográfico del país es claro. Buena suerte entonces, con su sueño de taquilla!
 
Colombia en el Festival de Cine de Toronto 2009 (Octubre 2009)

 

Con la presentación anual de 340 películas de más de 60 países, el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF por su sigla en inglés) se ha constituido como el festival de cine más importante de Norte-América y como uno de los tres festivales más importantes del Mundo. Durante la tercera semana de septiembre de cada año, en la cosmopolita ciudad de Toronto en Canadá, se dan cita los más reconocidos talentos artísticos y financieros del mundo del cine, para presentar, ofrecer, evaluar, comprar y vender las mejores obras cinematográficas producidas durante el último año, y activar así la circulación de todo ese nuevo contenido audiovisual, contenido que sin duda va a ayudar a moldear la lógica cultural del planeta.

Desde 1999 ninguna película colombiana había vuelto a ser seleccionada para participar en el Festival de Toronto. En 2009 cuatro obras cinematográficas producidas o co-producidas por talentos, empresas y capital colombianos fueron invitadas al TIFF. Esas cuatro obras ilustran a la vez dos fenómenos fundamentales: el desarrollo que ha logrado el sector del cine en Colombia durante los pasados 10 años; y las diferentes formas de producción audiovisual en el mundo globalizado de hoy.

Las películas colombianas presentadas en Toronto fueron:

“Rabia”, película escrita y dirigida por el experimentado director ecuatoriano Sebastián Cordero, protagonizada por la colombiana Martina García, y filmada en España, cuenta una historia de “amor imposible” entre dos inmigrantes latinoamericanos, un obrero y una empleada doméstica, que quedan condenados a vivir bajo el techo de la misma casa inmensa, pero sin que ella sepa que él está ahí. Una película de alto presupuesto que recuerda los espacios y los temas de Alfred Hitchcock, co-producida por empresas de Colombia, México y España.

“Los Viajes del Viento”, reseñada en esta columna hace varios meses y estrenada en salas de cine en Abril, fue filmada completamente en Colombia, en la Costa Caribe, con actores naturales como representaciones reales de los rostros de los campesinos colombianos, rostros enmarcados en colores de sabanas y desiertos, envueltos en sonidos de música vallenata. Un viaje de aprendiz y maestro a través de los paisajes más bellos de Colombia. Talento colombiano, y recursos y servicios por valor de más de un millón de dólares provenientes de Colombia, Holanda, Argentina y Alemania permitieron crear esta fábula de música y color colombianos.

“Hiroshima” es una película experimental de bajo presupuesto del director uruguayo Pablo Stoll, reconocido en los circuitos de “cine-arte” latinoamericano. Los actores son sus familiares (padre, madre, hermanos, amigos y novias) interpretándose a sí mismos en un estilo de película muda (aunque a color), que narra un día en la vida de un joven despreocupado y errático, el hermano del director. El resultado ha sido una obra audiovisual más bien inaccesible que excluye al público que espera del cine sensaciones intensas y emociones conmovedoras. Colombia aportó el proceso de edición de imagen y sonido de esta película, en la que también participaron empresas de Uruguay, Argentina, y España.

“El Vuelco del Cangrejo” es la opera prima del joven director caleño Oscar Ruiz. Es la historia inconclusa de un hombre que escapa de su pasado y llega a refugiarse al pueblo de La Barra, en el Pacífico colombiano. Allí convivirá con la comunidad afro-colombiana nativa y con los blancos colonos que aspiran a convertir el pueblo en epicentro turístico. Aunque todavía inmadura y fragmentada es una película llena de pasión por ese lugar y sus habitantes-actores. De bajo presupuesto y co-producida con una empresa francesa es casi un documental que muestra un espacio y una comunidad inexplorados en el cine Colombiano.

Estas cuatro películas colombianas, tres de ellas por estrenarse en salas de cine en los próximos meses, son un ejemplo de la nueva configuración del sector cinematográfico en nuestro país, ilustran los complejos procesos de cooperación e internacionalización a los que comienzan a integrarse nuestras empresas audiovisuales, y, finalmente, constituyen el aporte de Colombia, através del cine, a la lógica cultural del planeta.


 

Cine Colombiano: Diez Años, Cinco Películas

 

Entre el año 2000 y el año 2009 la frágil estructura del sector cinematográfico en Colombia ha logrado producir y llevar a las salas de cine unas 80 películas, 80 historias que han tratado de ver los lugares, las gentes y los temas del país desde la perspectiva del cine, que es bien diferente a la perspectiva de la televisión o de la prensa escrita. El cine tiene 100 o 120 minutos para explorar una historia y profundizar en la esencia de sus personajes, y si la película se hace con el alma la historia cinematográfica puede tener la oportunidad de viajar y ser una ventana de su país de origen alrededor del mundo.

Sólo un tercio de las películas estrenadas en salas durante estos diez años ha explorado directamente temas relacionados con el conflicto social del país: el triángulo narcotráfico, para-guerrilla, pobreza. Las otras 55 películas se han enfocado en temas como el amor y el desamor, el suspenso, la comedia familiar, el futbol, el drama urbano, la costa caribe, el vallenato y la emigración. Es variado el país que muestra el cine y las ganas de los cineastas por explorar nuevos temas y espacios colombianos no se detienen.


 


Al menos cinco de estas películas, las más significativas de la década, deberían hacer parte de la videoteca de un hogar colombiano:

Paraiso Travel (2008) expone con contundencia y con esperanza el drama del inmigrante colombiano en Estados Unidos, el viaje por “el hueco” a través de Centro-América, los deseos reprimidos en las calles de Colombia. Entretenimiento y calidad de producción bien mezclados en una película taquillera que complació por igual a público y a críticos.

Satanás (2007) se adentra en el purgatorio de la urbe moderna donde el ser humano vive bajo presión extrema. A partir de la infame masacre del restaurante Pozzeto ocurrida en Bogotá en 1986, la película intenta descubrir el origen del mal en el alma humana. Proyecto ambicioso que dejó pensando a medio millón de espectadores en Colombia.

La Pasión de Gabriel (2009) explora las tensiones complejas que continúan estructurando la Guerra Civil colombiana. Con un guión afilado que revela el drama escena por escena y sintetiza los conflictos de los personajes usando metáforas míticas y eventos realistas, la película logra convertirse en texto escolar que enseña la dimensión y la profundidad de la guerra, una guerra en la que no sólo los actores armados sino nosotros mismos hemos condenado a los mártires caídos.

Apocalipsur (2007) es una historia de amigos, drogas y Rock & Roll, en la Medellín surreal de los primeros años noventa cuando el estado pagaba recompensa por las cabezas de los narcos de turno, los narcos de turno pagaban recompensa por las cabezas de los policías, las amistades nacían de la tragedia social, y el amor surgía de la poesía. Una película hecha desde las entrañas de quienes vieron y vivieron esos años insensatos.

Los Viajes del Viento (2009) es una exploración de la música, los colores y las formas de la costa caribe colombiana. Una visión estética y antropológica de la cultura del vallenato que acerca a todo el mundo a la magia positiva de Colombia.
 

 


Sumas y Restas (2005) es una obra maestra que combina perfectamente el realismo social con el mejor cine de gangsters. Una mirada firme, de transiciones sutiles, que muestra perfectamente cómo el narcotráfico penetró todas las capas sociales del país en los años ochenta y el precio que se habría de pagar. Actores impecables, tensión creciente, humor, y metáforas visuales de la muerte y del infierno componen la que es quizás la mejor película colombiana de los años 2000.

Estas cinco obras cinematográficas, relacionadas en mayor o menor medida con el conflicto social, constituyen una muestra intensa y profunda de Colombia. Bienvenidos entonces los próximos diez años.


El Cine y los pecados del mundo: La Pasión de Gabriel (Post: Agosto 16 - 2009)

 

En algún lugar de las montañas de Colombia, más allá de las fronteras del Estado, un pueblo pequeño vive aparentemente tranquilo bajo las reglas sutiles de “los otros”, esto es, a merced del estatus quo de las guerrillas colombianas, enmontadas ya por cinco décadas. A los 33 años, un hombre pecador, al servicio de Dios y del pequeño pueblo, tratará de cambiar el estado de las cosas, sin detenerse a imaginar bien el precio que este mundo impone sobre los actos bondadosos.

“La Pasión de Gabriel”, la nueva película colombiana a estrenarse en salas de cine durante agosto de 2009, es una representación de Colombia, y de muchos otros lugares del mundo, en la que hacer el bien es producto de la obstinación de unos pocos mientras los muchos son indiferentes, pasivos, cobardes, o los tres. Gabriel, el joven cura del pueblo y protagonista de la historia, poco a poco entra en conflicto con los diferentes actores que conforman el espacio social de la región (los pobladores, la guerrilla, los políticos, el ejército) simplemente porque sus acciones son positivas para “el prójimo”. Cada uno de estos actores sociales tiene intereses distintos, y las acciones de Gabriel, aunque justas, siempre aparecen opuestas a los objetivos de alguno, o varios, de estos grupos.

Así, la guerrilla considerará negativo que Gabriel ayude a los jóvenes del pueblo a buscar futuros diferentes al monte y a las armas. Las familias del pueblo se disgustarán cuando Gabriel les explique a los niños las atrocidades reales de la guerra. El alcalde se opondrá a los intentos de Gabriel por gestionar directamente, dada la ineptitud del político, algunas mejoras en la infraestructura de la región. Para el ejército ausente será inadecuado que Gabriel denuncie arrestos injustos, sin el debido proceso, impuestos sobre algunos habitantes del pueblo. Y por último, a la Iglesia no le caerá nada bien que el cura obre y peque fuera del templo, es decir, que sea proactivo en su intento por elevar la palabra de Dios mediante ejemplos reales que generen impactos positivos en la comunidad.

La película, la representación cinematográfica, dice entonces que el hombre bueno queda aislado en el centro de la sociedad, mientras ésta lo mira como bicho raro que debería meterse en sus propios asuntos. En el extremo, al que varias veces ha llegado Colombia, el resultado de semejante presión social negativa es, por un lado, la ausencia de seres bondadosos que impulsen a la sociedad hacia la justicia y el entendimiento; y, por otro, la multiplicación de los seres pasivos que ven pasar las tragedias en la tele mientras el poder lo usan unos pocos para beneficio personal y para abusar de él. La solución es entonces abandonar el pueblo, cruzar el río y “desplazarse” a otro lugar. A la capital del departamento, a Bogotá, a Miami, a Madrid, a Nueva York.

Escrita por Diego Vásquez, dirigida por Luis Alberto Restrepo y protagonizada por Andrés Parra, “La Pasión de Gabriel” es la mejor película sobre la guerra (el “conflicto armado”) en Colombia que se ha producido en las últimas dos décadas. Mediante un guión impecable, afilado escena por escena, lleno de revelaciones dramáticas y visuales que intensifican la tensión hasta sangrar, se presenta la guerra desde el punto de vista del pueblo, de los actores civiles, demostrando la complejidad del conflicto en el que se ha sumido el país, la permeabilidad sutil de la violencia sobre las fibras más vulnerables del tejido social de Colombia, la humanidad de la gente que vive el peso del mundo sin esperar demasiado, y las monstruosidades de unos pocos que han conseguido apoderarse del imaginario nacional.

Junto a películas como Rosario Tijeras (2005), Bluff (2007), Satanás (2007), Paraíso Travel (2008), Perro Come Perro (2008) y Los Viajes del Viento (2009), La Pasión de Gabriel es un nuevo paso hacia adelante en el arte de producir cine profesional en Colombia en todas sus dimensiones: técnica, dramática, y visual. El premio a mejor actor que Andrés Parra recibió en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2009 por su interpretación del cura Gabriel es una señal justa del nivel avanzado que las películas colombianas están alcanzando en el ultra-competitivo mercado internacional del cine.

Los pecados de Gabriel representan las faltas de los seres humanos inocentes, faltas que a diferencia de los pecados de la sangre y la violencia, sí se pueden limpiar en las aguas cristalinas de un río de provincia. Y si bien hay todavía sangre en los ríos de Colombia, las acciones de Gabriel ofrecen la esperanza de cambios buenos por venir. Porque al final, no habrá ser humano, ni país, que atraviese dos veces el mismo río.


Carlos Peralta-Cáceres
 

Tony Manero - Postmodernidad latina (Post: Julio 2009)

Película chilena, dirigida por Pablo Larrain, estrenada en Chile en Agosto de 2008, sin duda una de las grandes pelis Latinoamericanas de los últimos años. Trailer en youtube.
 


Los Viajes del Héroe
(Post: Abril 2009)
Rio de Oro, Bosconia, Pijiño del Carmen, Mompox, Santa Teresa, Manaure, El Morro, Nabusimake, La Vega, El Cabo de la Vela, Valencia de Jesús, Valledupar, Patillal, Puerto Caimán. Magdalena, Bolívar, Guajira, Atlántico y Cesar. Junio, Julio y Agosto. Estos fueron los sitios de Colombia y los tiempos del año 2008 en los que se llevó a cabo el rodaje de Los Viajes del Viento, la nueva película del director Colombiano Ciro Guerra, que se estrena el 30 de Abril de 2009 durante el Festival Vallenato.

Desde el año 2003 el cine colombiano ha crecido con ritmo gracias a la nueva Ley de Cine del Ministerio de Cultura que ha ayudado a incorporar la inversión privada en el proceso de producción de películas mediante un esquema de descuentos tributarios para los inversionistas. La producción anual de cine colombiano ya alcanza 12 películas, de las cuales una o dos logran ser fenómenos de taquilla nacional y llegan a diferentes mercados internacionales.

Sin embargo, una de las quejas del público sobre el nuevo cine colombiano es su énfasis en los problemas sociales de Colombia, en su orden, Guerrilla, Narcotráfico y Pobreza. Sin embargo el público se contradice, y al mismo tiempo las películas más taquilleras de los último 4 años han sido Soñar no cuesta nada, Rosario Tijeras, y Paraíso Travel, en su orden, la guaca guerrillera en manos del Ejército Nacional, sicarios y narcos en Medellín, e inmigrantes ilegales de Colombia a Estados Unidos.

Este fenómeno de gusto contradictorio en la audiencia, hace que Los Viajes del Viento sea una película aún más interesante y prometedora, porque su historia se separa completamente de los conflictos sociales corrientes y se concentra en una exploración cultural y regional de la costa caribe colombiana. La película cuenta las aventuras de Ignacio Carrillo, un viejo juglar vallenato que deambula por las sabanas calientes tocando un acordeón que alguna vez el Diablo perdiera en una piquería, y de Fermín, un mulato adolescente que quiere ser como el viejo juglar. Desde Majagual (Sucre) hasta más allá del desierto de la Guajira, el aprendiz y el maestro viajarán en busca de sus destinos, volverse hombre y descansar en paz.

Sin duda una historia atractiva y con arquetipos familiares para el gran público: el viaje de un héroe a través de tierras hermosas y misteriosas (recordar El Señor de los Anillos), la relación entre un aprendiz joven y su maestro cansado (recordar la Guerra de las Galaxias), el reto de llevar el acordeón endiablado de vuelta a su origen (rastros del realismo mágico de Macondo).

Esta mezcla de esquemas narrativos conocidos promete al mismo tiempo una historia muy colombiana y muy original. De la mano de un director nuevo y talentoso como Ciro Guerra, esta puede ser la película a la que el público colombiano le entregue toda su atención sin tener que someterse al cruel espejo de la realidad.

Ciro Guerra nació en Río de Oro Cesar, y con Los Viajes del Viento regresa a su tierra para presentarla al mundo en toda su magnitud, con la magnitud del cine.

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Tres reportes, sobre el mismo guión de largometraje, generados por tres analistas diferentes. Ideal para proyectos avanzados que quieren probar su solidez narrativa desde diferentes perspectivas.

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